“No deja de sorprenderme que,
como me aseguran, este libro se siga
leyendo en la actualidad”. Lucy Lippard, prólogo a la edición española
(2003) de Seis años: La
desmaterialización del objeto artístico de 1966 a 1972 (1973).
Dos preguntas hechas a Marcelo Expósito
[1]
:
¿Cómo defines tu actuación?; y otra (im)pertinente por su carácter genérico e
(in)específico: ¿cuál es tu opinión sobre una posible relación entre poética y
política? Sus respuestas, desde su propio
contexto y experiencia autobiográfica, detonan una cadena de interrogantes
en dos direcciones: la primera, como crítica a la frecuente definición del
quehacer artístico como la producción de una única y determinada clase de
objetos posibles, que “representan” una intencionalidad; y la segunda, en lo
que respecta a la condición política de las producciones artísticas que se
definen a sí mismas como tales.
Expósito entra a definir, por un lado, una apertura del
concepto de lo político—proveniente del mayo francés de 1968, el cual se
hereda en la nueva actividad política— como una actividad que produce
“sobre todo” transformaciones radicales en el dominio de la subjetividad y en
los procesos de subjetivación colectiva, y que por lo tanto piensa los sistemas
de poder no solamente como entes ajenos al sujeto, sino más bien como
“dispositivos” que conforman dinámicas de subjetivación, en las que se
interviene para generar transformaciones en los niveles micro y macropolítico.
Por otro lado, define la obra como un
dispositivo que incorpora la interrelación y relación entre distintos procesos
de subjetivación, de tal manera que la
obra (sea ésta un objeto o no) "constituye un artefacto que piensa ya
bajo qué condiciones de posibilidad podría desencadenar efectos”.
Afirma también que la condición política de una
producción artística que a él le interesa no consiste exactamente en llenar de
"contenido" político aquello que se hace, sino más bien en pensar
cómo dicha producción genera condiciones de autonomía, de oposición y de
antagonismo. Expone que lo político del arte se suele entender como una
condición autorreferencial y limitada a las propias características de
artistisidad de la obra, o bien como un juego de sumas: arte + política, o bien
como una actividad de "interpretación" de lo político al interior de
los sistemas de valoración y validación de la institución artística; y en contraste, postula la necesidad de
pensar tales tipos de prácticas en articulación con los movimientos sociales.
Desde la especificidad de nuestro contexto, en lo que se
refiere a un tipo de práctica artística que, en su relación con lo político, lo piensa como un “tema a tratar”,
mediante la representación de "la política" en diferentes tipos de obras —en el sentido convencional
del término: desde pinturas, grabados, esculturas y dibujos, hasta otras formas
híbridas de objetos que redefinen y reinventan las anteriores—, obras
pensadas además para circular en contextos artísticos que no son diferentes de
aquellos otros relacionados con la explotación del mundo, robusteciéndolos;
cabe entonces hacerse la siguiente pregunta: ¿qué tipo de transformaciones
sociales, a nivel micro y macropolítico, espera un artista que sucedan a partir
de su "obra" asumidamente política,
teniendo en cuenta la especificidad política del lugar donde ésta se inserta, y
desde dónde se actúa?
Jimena Andrade
i n t e r f e r e n c i a
Ver:
[1]
Entrevista realizada en Bogotá, en Octubre de 2008, y publicada en Bogotá en
Septiembre de 2009.
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